jueves, 8 de mayo de 2014

Los salmos oscuros o el dolor de un país



Cuando Frank Castell vio sus primeros escritos publicados era el año 2000; tenía entonces 24 años. Con esta edad y en ese año, la primera asociación podría ser aproximarlo a la Generación Zero (o Cero, como prefiera el lector). Pero habríamos de estar leyendo no unos salmos oscuros, sino blancos, verdes…, ni rojos ni negros, aunque se deslizara algún verso oscuro.
Reparo en algunas claves para fijar su tiempo y su poética e ir recogiendo sus señales, unas veces explícitas otras más veladas, al lector.
La oscuridad de estos salmos no está en lo sombrío de las expresiones, sino en las evocaciones que se anuncian desde la primera cita, la de aquel exiliado voluntario que fue Lawrence. Evocaciones y exilio interior. Soledad, vacíos provocados por la ausencia, por los viajes devenidos éxodos, por el olvido y por la omnipresencia de la muerte o mejor, de la metamorfosis de la muerte en fantasmas que sirvan para atravesar muros demasiado simbólicos para creer que se trata solo de la pared tras la que no es posible ver, oír, andar.
Salmos oscuros reúne cuarenta y cinco poemas estructurados en tres secciones o partes casi iguales, si no fuera porque en la tercera Castell añade tres poemas más que en las dos anteriores. Cada uno es una pulcra definición en la que se disfruta el ahorro de calificativos y expresiones verbales: conceptos en la médula de sus huesos. Ya puede sentirse aliviado de sus preocupaciones explícitas el autor, a quien, según sus propias palabras, estremece la página en blanco, preocupa la sinceridad y lustre de sus versos.
La generación de Fran Castell es la que padece la fractura del país, la de unos amigos que fueron a la guerra de Angola y allí afeitaron sus primeras barbas, la de una patria que dice adiós un día sí y el otro también a los que se van, a los que dejan eso que él llama «eco de un país», «manicomio», en el que ya no quedan, tras la partida, espíritus que abracen la utopía. ¿Cuál utopía?, se pregunta el poeta, y se juega la vida escribiendo, evitando que le «duela la libertad», esa que deja ya en el corazón y la esperanza de los hijos, mientras él vive el hechizo de crear.
Este es el pedestal sobre el que se ha construido el poemario: la conciencia de que el poeta tiene que escribir su presente, testimoniar su generación al precio de malvivir, como dice en uno de sus versos. La creación literaria es un desafío, un ring en el que jugarse la vida: su yo interior, su angustiosa existencia, su saberse en medio de un tiempo y un espacio del que no puede ni quiere salir. Y a la vez funciona como la más evidente influencia de otro escritor obsesivo y fascinado por el acto de crear, diferente de esos animales pacíficos que lo rodean. Tal vez por eso resulte tan intensa la invocación a Cavafis y a aquel poema estupendo y conmovedor del que se han leído tantas versiones en castellano. En los versos de Fran Castell hay, más que deseo, necesidad de saber qué habrá más allá del presente, cuando, al fin, desaparezca el contumaz icono de los suicidas.
En Salmos oscuros hay un cuestionamiento incesante sobre el destino, obvio, además, una necesidad imperiosa de descubrir la ruta por la que se llega a alguna parte pero, a diferencia de la generación siguiente, esa que se hace llamar Zero, no se abjura del pasado cultural, de la historia literaria que sigue siendo arraigo indispensable aunque a veces se sienta rodeado de escombros.
Sin embargo, este no es un libro pesimista. En todo caso, hay imágenes y situaciones cargadas de soledad y de silencio, pero por encima de esto, hay una inmensa responsabilidad de saberse dueño de un tiempo y de una circunstancia que el poeta ha decidido echarse a la espalda y testimoniar, como un cronista incapaz de mentir, de ahí los dos versos finales del cuaderno: «No me pidan cambiar las horas / No me pidan cambiar lo que no existe».